miércoles, 16 de marzo de 2016

Nos vemos en consulta

Entró al bar y pidió un café solo con dos azucarillos. Se sentó en la mesa de siempre, a esa hora era fácil encontrar su rincón vacio. Dio un primer sorbo para sentir el amargor del líquido ardiendo en su plena esencia; de este modo, una vez lo endulzara, sentiría con más potencia el sabor del caramelo. Dio nueve vueltas con la cucharilla y la sacudió tres veces en el borde de la taza antes de chuparla y dejarla sobre una servilleta de papel.  Se bebió el café en cuatro sorbos, ni uno más ni uno menos. Carraspeó un par de veces, dejó unas monedas sobre la mesa y se marchó. Llegó a casa con las próximas horas planificadas en su cabeza; Lo primero que haría sería apuntar en su libreta todo lo sucedido en la cita de la consulta psiquiátrica; desde el momento en el que la vio sentada al otro lado de la mesa, hasta el gesto de placidez que vio en su cara cuando se despidieron. Llevaba meses reuniéndose con ella. ¡Bendita adicción a la bebida! Gracias a ella se conocieron y comenzaron a reunirse mensualmente. Él sintió un auténtico flechazo cuando entró a la consulta y la vio por primera vez. Supo que ella sería su tabla de salvación y, si nada lo impedía, acabaría siendo su compañera de vida. Cierto es que las reuniones eran meramente profesionales, pero en cada una de ellas confirmaba que aquella mujer estaba destinada para él. Abrió su libreta y comenzó a escribir:

«A las 16:30h he entrado en consulta. Ella me esperaba sentada en su lado de la mesa. No quiero ilusionarme, pero he notado una especie de ansia en su mirada. Algo así como un profundo deseo por volver a verme. Nos hemos saludado cortésmente, aunque hoy he aprovechado el apretón de manos para acariciar su suave piel sutilmente, evitando que ella lo notase. Tomado asiento, hemos comenzado la distendida charla. Hemos hablado de los beneficios de una vida sin alcohol y he podido ver en su cara la satisfacción por los avances logrados. No he visto anillos ni señas que la identifiquen como casada. Lo sabía. Está predestinada para mí. Sé que ella no da el paso porque debemos mostrarnos profesionales cada uno en nuestro puesto de paciente -medico, y soy consciente que una consulta psiquiátrica no debe ser a su entender el lugar más adecuado para encontrar a la persona idónea, pero sé que está esperando que yo me lance. Noto que me desea. La adicción está prácticamente aplacada y sé que no son necesarias las visitas mensuales, podría haber propuesto extenderlas en el tiempo y no lo ha hecho. Se nota que necesita verme. Han sido muchas las sesiones que han hecho que nos conozcamos poco a poco. Como yo, sé que desearía que empezásemos a vernos fuera de la consulta pero ella jamás hará esa propuesta. La próxima vez la invitaré a cenar. Su actitud me lo pide a gritos y yo no aguanto más».

Cerró el cuaderno y se dirigió al cuarto de baño. Sus instintos más primitivos le instaron a darse un baño de agua caliente y aromas. Necesitaba pensar en ella, imaginarse perdido entre sus piernas en aquella bañera y dar rienda suelta a su imaginación. Cumplido el desahogo y enjuagado todo su cuerpo, enroscó una toalla en su cintura y se dirigió al mueble bar. Con la botella de whisky en una mano y un vaso con dos cubos de hielo en la otra, se sentó en el sillón que destinaba a la lectura. Llenó el vaso, lo puso al trasluz para admirar el brillo del líquido transparente y vio algo que hizo que la botella que sostenía en la otra mano estallara contra el suelo derramando por la alfombra todo el líquido que contenía; los cubos de hielo se habían transformado en los ojos de su amada, que lo miraba con reprobación y enfado. Se levantó sin dejar de mirar el vaso, emitiendo pequeños gemidos a modo de disculpa y, haciendo crujir los cristales desparramados por el suelo, se dirigió a la cocina y arrojó el líquido por el desagüe. ¿Cómo podía haber hecho eso? Corrió hasta su cuaderno, tenía que anotar lo que acababa de suceder:

«¿Cómo he podido ser tan estúpido? He estado a punto de decepcionarla, de conseguir que se aleje de mí para siempre. ¿Qué hubiera pensado al verme? Seguramente sentiría que no la tomo en serio, que nuestras charlas no me interesan y que la estoy desafiando. Tengo que llamarla. No puedo esperar al mes que viene para verla. Necesito que hablemos, contarle lo sucedido y que me perdone. Si quiero comenzar una relación con ella debo ser sincero. Algún día vivirá bajo este techo y será testigo de mis vicios y manías. Debe estar preparada».

Cerró el cuaderno, introduciendo el bolígrafo entre sus anillas. No quería que ella notase sus nervios a través de la línea telefónica, así que se preparó una tila con dos azucarillos. Dio un primer sorbo para sentir el amargor del líquido antes de endulzarlo. Tras nueve vueltas con la cucharilla dentro de la taza y tres sacudidas en su borde, la dejó sobre una servilleta de papel. Se tomó la tila en cuatro sorbos, ni uno más ni uno menos.
Buscó el teléfono de la mujer en la agenda y, tras un par de carraspeos, se dispuso a llamar. Un tono, dos…

―¿Sí? ―La voz más angelical que había escuchado nunca le respondió al otro lado.
―¿Sofía? Soy Germán, tu…
―Hola, Germán, sé quién eres. ¿Qué sucede? ―Preguntó intrigada.
―Necesito verte. Bueno, sé que nos hemos visto esta tarde pero hay algo que no te he contado que creo que deberías saber.
―¿Tan urgente es que no puedes esperar a la próxima sesión?
―Lo es.
―Está bien… ―Respondió dudosa y algo preocupada―. ¿Mañana a la misma hora en la consulta te parece bien?
―Preferiría en otro lugar, donde me digas, pero que sea más informal.
―Ya… Bueno, yo prefiero la consulta si no te importa. ―La mujer se empezó a inquietar.
―Perfecto, pues allí nos veremos. Gracias y disculpa que te haya importunado. Hasta mañana.
―Adiós.

El hombre se dejó caer en el sillón y programó la alarma de su móvil para que le avisase de cada hora que pasaba hasta que llegase su cita. Contar el tiempo que le quedaba para verla se había convertido en una constante en su vida.

Después de una noche de sobresaltos a consecuencia de los avisos de su teléfono, se levantó del sillón y se dirigió a su habitación. Sus prendas le esperaban ordenadas por tejidos y colores dentro del armario. Eligió las ropas más apropiadas y se marchó en busca de un precioso ramo de flores. Planeó en su cabeza el discurso, no quería que nada se quedase en el tintero, estaba convencido que en unas horas comenzaría su nueva vida junto a ella. No quería soltar una perorata sino un argumento perfecto. A falta de una hora para la cita, paró en el bar a comer algo. Pidió un sándwich mixto y un refresco y se sentó en la mesa de siempre. Dio cuatro mordiscos al bocadillo y cuatro tragos al refresco y, tras carraspear un par de veces, dejó unas monedas en la mesa y se marchó.

Cuando llegó a la consulta, que ese día cerraba por descanso, ella le esperaba en la puerta. Tras un cordial saludo, pasaron a la sala. Ella se extrañó al ver las flores, pero no dijo nada, prefería que el hombre le contara lo que sucedía.

―Siento haberte hecho venir, pero es importante.
―Imagino que debe serlo, hoy la consulta está cerrada.
―Sí, lo siento. Verás… ―Carraspeó―. Creo que ha llegado la hora de dejar de disimular de ser nosotros mismos. ―Dijo, dejando el ramo de flores sobre la mesa con un gesto que indicaba que eran para ella.
―No te entiendo, Germán ―empezaba a mostrarse asustada.
―Te quiero y sé que me quieres. Son muchos meses viéndonos, yo lo noto y tú lo notas. Los dos somos adultos, libres. No tenemos por qué conformarnos con las charlas dentro de esta consulta. Emprendamos una vida juntos, disimular más es inútil.

Sofía, que permanecía de pie, se dirigió a la puerta. El pánico se reflejaba en su cara. Él bloqueó la salida y trató de besarla. Muerta de miedo, se escabulló y le pidió por favor que la dejase marchar.

―¿Me vas a negar que no sientes lo mismo? ―Dijo él con los ojos llenos de agua.
―¡Por favor! ¡Para nada! ―gritó, angustiada.
―Entonces… ¿Por qué seguimos viéndonos? Sabes que la adicción está controlada y que, de momento, las sesiones no son necesarias. Lo haces para verme. No te resistas a lo nuestro. ¡Es inútil!
―Vengo porque sigues citándome. ¡Eres mi psiquiatra!


Huyó despavorida. Ahora era ella quien necesitaba una visita urgente al bar.

7 comentarios:

  1. ¡Qué bueno el final! Muy buena esta historia.
    Besotes!!!

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    1. Gracias por estar siempre aquí, pequeña mariquita!

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  2. Ja, ja, ja... Qué buen ejemplo de que nunca se sabe quién es el loco. Muy bueno.

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  3. No podía parar de leer, muy bueno, esa sensación de correr para ver lo que pasa no es fácil de despertar y tu lo has hecho, felicidades.

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  4. Fantástico relato. Engancha desde el primer párrafo. Te animo a que sigas escribiendolos. Yo lo seguiré leyendo.

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Gracias por tus comentarios y opiniones, para todos tendré respuesta.